11 abril 2017
1.100 metros de escobas y otras aventuras

Todo comienza en Puerto Castilla. Llegados al punto se distribuye el avituallamiento para tres días de entretenida ruta por la Garganta de los Infiernos con el objetivo de llegar a Piornal. Más parecía que lleváramos comida para un campamento de quince días. Entre las bombonas para cocinar, arroz que no debía estar en el menú, kilos de manzanas, peras, y naranjas (para César eran mandarinas pequeñas), pan de molde para una merienda de Troperos hambrientos, las mochilas estaban a pleno rendimiento.

Primer objetivo: el refugio del pescador. Cansados pero bien avituallados llegamos sin problemas de ninguna clase. Reparto de manzanas, chocolate, agua…, conseguimos reponernos, mientras algunos, en un alarde de valentía, se bañaban en las cálidas aguas que, más abajo regaban la mencionada garganta. Otros limpiaban un poco el interior pero, Rodrigo: se empieza a barrer desde el fondo, que si no, no hacemos nada. ¡Qué rico olor a cabra! Gracias a las cocineras, bocata de lomo, sin pimiento, sin queso, sin tomate, en fin, nadie es perfecto.

El paisaje increíble, un lugar simplemente espectacular, al que lo único que le faltó fue señalizar los lugares donde las tripas realizaban la conocida repoblación de pinares, por si acaso. Entre risas, y fueron muchas, se realizó el juego de las mochilas y el consabido “peso innecesario” se escuchó en muchas ocasiones. Aceite bronceador, a falta de crema protectora, hamacas para la siesta, gel de ducha de kilo y medio, camisetas para una pasarela en París…, en fin cosas muy necesarias y útiles.

Llegó el momento del taller para ver si aprendemos alguna cosa útil, de esas de las que nunca te acuerdas cuando sales de ruta, sin chubasquero, sin cerillas, sin abrigo para la nieve, que se te quedan las manos congeladas y no eres capaz de encender un zippo ni con las manos de otro. Bien, pues llegado el momento, tenemos todo pero…, no encuentro las pilas, las de la linterna no valen…, bien, esto funciona pero no lo podemos ver… ah! Que por fin encontramos las dichosas pilas y…. ¡esto quema! Después el truco de las cerillas, para impermeabilizarlas, pero claro, las de los chinos no valen, que son muy malas. Reparto de minibrújulas ¡perdón, me regalas también una lupa! Es que yo no veo eso ni con gafas de cerca.

Llega el amanecer, listos para la nueva jornada, bueno, no todos. Algunos parecen que roncaron más de la cuenta y, los pobres, no descansaron adecuadamente, mientras los demás lo hicieron a pierna suelta, cosa que resulta muy molesta. (Léase irónicamente).

Nada, unas pequeñas cuestas, bien señalizadas, un río que poca agua lleva y piedras enormes sobre las que saltar al estilo olímpico; nadie cayó al agua, tampoco teníamos cámara de vídeo grabando para subirlo después a vídeos de primera, total, para qué.

Y a este Carlos, quién le dijo que era la mejor ruta para ir a Cuacos. ¿No hubiese sido mejor seguir el camino que, seguro, los romanos habrían construido para llegar a Yuste? ¿Que no llegaron? Da igual, pero seguro que mejor alternativa que atravesar la Sierra de Tormantos, pudo tener.

Con la ilusión de llegar a la parte más alta, esperando siempre al abuelo con los bastones, que mira que es lento el tío, se llega al Puerto de las Yeguas. Seguimos, después de un breve descanso y una decisión muy acertada: bajamos por ahí y atrochamos.

1.100 metros, en línea recta, llenos de escobas gigantes, como salidas de la película “Viaje al Centro de la Tierra”, se interponían en nuestro camino pero, qué son unas escobas jurásicas para el Clan Al-Mofrag. ¡El hacha! ¿Dónde está el hacha? Poca aventura fue hasta que unas inoportunas raíces trabaron mi pie, desequilibrio con la mochila y ¡zas! Patas arriba, como una tortuga pataleando sin poder darme la vuelta. ¡Jorge!, deja de reírte y ayúdame. No suficiente con ello, en un alarde de ignorancia mayor, decido cruzar el pequeño riachuelo, manantial, o lo que sea, con la intención de ir más rápido por una zona con menos vegetación agresiva. Pues nada, zarzas que salieron de la nada, escobas secas que se rompieron esperando a mi paso, dieron, nuevamente, cuenta de mis huesos contra el suelo. Arañazos por todas las piernas y leves golpes en mis sufridas rodillas fueron el premio por querer ser más listo.

En fin, 1.100 metros después y dos horas de lucha contra la naturaleza, dieron con nuestros agotados cuerpos y desmoralizadas mentes con el tan ansiado camino, que, lejos de llevarnos a nuestro objetivo, nos dio una lección sobre orientación.  Quique seguía a lo suyo, como si viniera de dar un paseo. ¡Este tío está dopado!

En Aldeanueva de la Vera, fuimos muy bien acogidos. La amabilísima dueña de una casa rural, nos acogió en la buhardilla de la misma, nos ofreció mesas, ducha y todas esas comodidades de las que careces en medio del monte. El día fue largo y el descanso merecido.

¿Qué hemos obtenido? Hermandad, compañerismo, amistad, respeto y ganas, muchas ganas de seguir.

Prometemos volver.